domingo 4 de diciembre de 2011

Rescatate gil

   Los chicos de ahora no tienen vocabulario – me dice una señora en el colectivo. Y admiro que haya distinguido a su avanzada edad que son chicos y no clones de mal resultado de algo aún desconocido.

   Van  a una convención de animé Japonés y pienso que no tienen ni vocabulario, que sería algo que uno podría tolerar por su corta edad, ni noción del ridículo, que es imperdonable, porque cuando se pierde esa condición se lo hace para siempre.
   Se gritan entre ellos, mientras se empujan para avisarse que se están por decir algo.  El colectivero amenaza:

   -Un pasito para atrás que hay lugar en el fondo – Si me gustase la cumbia haría un tema muy bailable que dijese, un pasito para atrás que hay lugar, que hay lugar, que hay lugar.

   -Eh gato, avisá. – le dice uno de los adolescentes a otro - ¿Cómo que el Ricky no viene?
   -No – contesta uno que no llegó a disfrazarse del todo- Se encanutó con la vieja.

   Miro a la señora mayor y sonrío.
   Dicen que cuando el hombre pierde vocabulario se le estrecha la mente y pierde matices de pensamiento crítico. Me acuerdo de un amigo al que le dije: “¿Podés dejar de hablar como un adolescente?”, cuando me preguntó  “¿Qué onda?”  Y le dije lo que hasta acá llevaba investigado sobre el tema, que si continuaba usando terminología anti-sinónimos sería sometido intelectualmente durante los próximos lustros.

   Hace diez años, un joven utilizaba 800 palabras promedio. En la actualidad se cree que emplean alrededor de 200, sobre un total de 90.000 términos según los dos tomos que publicó la Real Academia Española.
  Algunos y podría dar nombre y apellido, con 10 palabras se arreglan y arreglaran toda la vida. Si usted tiene a uno de estos seres cerca los reconocerá por la singularidad con la que puede aplicar los siguientes vocablos: Cosa, Coso. Chabón, minita, boludo, celular, tipo, nada, eh, y la construcción A full. Los sinónimos y los antónimos no cayeron en desuso. No existen para ellos, menos si están entre pares. No tienen vocabulario y desestiman cualquier acercamiento a este. No lo creen necesario. Y cuando por alguna de esas casualidades se les presenta la oportunidad de articular una preposición, un verbo, dos sustantivos y algún artículo, consumen las consonantes con intención de ahorro. Acusados de pertenecer a la generación del consumo inmediato, estos jóvenes argentinos, sin apuro por dejar la edad del pavo que tan bien les sienta, dirán: Vamo a comprar fatura. 

   Tal vez no lo sepamos y estos adorables jovencitos paguen IVA o impuestos a las ganancias por cada S no pronunciadas. O a lo mejor las están guardando en una gran bolsa de consorcio, porque en un futuro, así como escaseara el agua, escasearán las S o las C.
   Se cree que un adulto con estudios secundarios completos, inserto en el mercado laboral, sin estudios superiores, ni personal a cargo emplea 600 palabras con cotidianeidad.

   ¿Dónde se entregan las 400 palabras que les robaron a su juventud? ¿Las dan a pagar en cuotas o se pueden canjear por x cantidad de puntos que serán debitados de la tarjeta de crédito?
   ¿En qué momento les llegan a estos ex gurrumines las cuatro centenas de términos? ¿Una mañana cruzando la calle, esperando en la fila de un banco, las aprenden de repente?

   Mañana empiezo una cruzada para salvar el honor de la juventud argentina, tienen que saber que están siendo estafados en su buena fe. Que nos les están diciendo la verdad, que tienen algo que es suyo.
  Eh, amigo, no sean boludos, les están cagando 400 palabras. Que bajón, no da. Bue, tipo que la cosa esta, tipo la minita o el chabón que les chorearon las palabras son ladris. Que no los apuren, no sean gatos, sean pillos.

Es una buena frase, contundente y firme. Violenta hasta el extremo, tan pertinente para un ex presidiario o para una adolescente promedio.