Cómo descubrí mi cara limpiando con la palma de la mano el espejo empañado del baño.
La vereda en la que te tropezaste.

Tus frases, tu recitado de Catulo, tu libro, ese que dejé sin leer. Tu pullover negro, los pins que colocás sobre el pecho izquierdo. El café y los alfajores, demasiado dulce de leche, demasiado dulce, las tapas o el relleno, pero todo junto empalaga, pensás.
La plaza de toros y tu anécdota de San Fermín. Es mitad de febrero en Paris y lo disimulamos, nosotros no creemos en la cursilería. Sabia, sabias, que nada iba a resultar más disimuladamente romántico que París.La vereda en la que te tropezaste.
Que estoy triste.
Que la pasaste mal durmiendo en la estación de trenes de New York. Que me conmoví y sentí ganas de abrazarte. Queda tanto de ese hombre que creía haberlo perdido todo y encontró en la humedad anglosajona del invierno, la inflexión que impulsa la toma de decisiones. Ahora tu billetera rebalsa de monedas, querés pagar la foto que apuran en sacarnos. Es el dólar de la suerte que te regalé. Una lectora te reconoce, pienso que es linda, que debe haberte gustado. Perdí la manteca de cacao, mis labios se resecan. Me preguntas que busco con tanta impaciencia en la cartera. La manteca de cacao. Me mirás, es la primera vez que no asumo traducir con naturalidad lo que en mi tierra se dice de una forma y en la tuya de otra. Menos mal que ambos hablamos español. Los ojos se llenan de lágrimas, ese olvido me recuerda que en menos horas de las que faltaban ayer regreso.
Tengo que olvidarme de tu voz que por teléfono suena tan parecida a la que usas en persona. Del pasaporte que tiene esa foto en la que estás despeinado y con un ojo entrecerrado. De tu número de teléfono, de tu correo electrónico. De lo bien que salimos en las fotos.Del coñac a las seis de la tarde. De que ahora estoy llorando. De tus cigarrillos Malboro. Todos los hombres que amé fumaban Malboro, así los elijo. Ni Camel, ni Lucky, Malboro porque tiene la medida justa de masculinidad.
Que estaba despierta cuando sonó la alarma. ¿Te quedarías aquí? Si dejaría toda mi vida detenida aquí. Como un loop de los últimos días, un sinfín de 200 horas interminables que siempre vuelven a empezar. Del viaje hasta el aeropuerto, de que empiezo a llorar enfrente de la Cibeles. No vimos al Atlético, no vimos llover, ni nevar. Vamos a ir a la Bombonera cuando esté allá, decís para consolarme. No, a la Bombonera no, vamos a ir a ver a Independiente. Ayer hablamos del Kun durante la cena. Festejas que me guste el futbol. Me gusta el Kun y todos los kunaguero del mundo. Me gusta Verón y Crespo. Y pensás que Batistuta y Messi. ¿Qué hacen dos escritores hablando de futbol?
Que llegamos al aeropuerto. Manejás con una mano sobre el volante y la otra reposada sobre la ventanilla. Tengo que olvidar que eso me encanta. Que me guiñás el ojo, que están llamando a embarque.Empiezo a olvidarme tu apellido materno. La sonrisa maléfica que tiene una azafata morena ¿Vos eras? Te digo e imitás el vos y el eras, con exageradas zetas. Ahora olvidé tu apellido paterno.
Las flores que compré en el Rastro estarán secas en dos días, fui dejando por toda tu casa huellas mías. Un aro, una carta, la foto en París. Mi amuleto de Frida. Un yogurt en el freezer y una lata de atún. 15 días de recuerdo asegurado ¿Después? Después olvidé que te conocí, que te llamás Andrés, que me abrazás fuerte y movés mi cuerpo pequeño. Madrid – Buenos Aires anuncian. ¿No vas a dejar de sonreír? Te pregunto ¿No vas a dejar de llorar? Preguntás.
Me voy. Me olvido. Me dejo. Me quedo un tiempo en algo parecido al infierno. Te vas. Me olvidás. Me dejás y te quedás un tiempo en algo parecido al infierno. 
2 comentarios:
me encanta como escribís,y lo que escribís!
Muchas gracias. Un beso.Laura
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