Nos cruzamos con Ángel, mi médico de cabecera, según la obra social. Mientras me ayudaba con algunas bolsas que estaban a punto de desfondarse preguntó:
-¿Te vas Punta del Este en el verano Laura?
Me sorprendió la pregunta, compartimos una especie de fanatismo por Uruguay, pero ni siquiera acaba octubre.
-Si doc, seguramente me instale en La Mansa, a donde van las señores mayores con sus mantas y sus libros. A donde no hay olas y está lleno de aguas vivas, seguramente estaré enfrente del crucero que trae turistas brasileros que no quieren pisar la playa, porque prefieren las comodidades de la pileta del barco. O tal vez les explique en portuñol, un portuñol que cada día perfecciono con gestos practiquísimos, como llegar al puerto.
O tal vez camine por la orilla, tratando de encontrar a Teresa, una profesora a la que ya no le abren la valija, porque saben que lleva un traje de baño y el resto son libros de historia y arte. Libros que si nos divisamos en la estrechez de la costa, me presta.
Es con el único médico que mantengo una fiel regularidad, porque nunca me encuentra nada que no pueda curar un fin de semana en la playa. Porque las dos o tres veces al año que nos vemos, me recomienda cabañas o lugares a donde ir a comer en el país vecino.
Porque pedir un turno con él es viajar en el día a Punta del Este, no es un médico es un agente de viajes encubierto que de lunes a viernes trabaja de cardiólogo para pacientes que solo necesitan viajar.
-¿Te vas Punta del Este en el verano Laura?
Me sorprendió la pregunta, compartimos una especie de fanatismo por Uruguay, pero ni siquiera acaba octubre.
-Si doc, seguramente me instale en La Mansa, a donde van las señores mayores con sus mantas y sus libros. A donde no hay olas y está lleno de aguas vivas, seguramente estaré enfrente del crucero que trae turistas brasileros que no quieren pisar la playa, porque prefieren las comodidades de la pileta del barco. O tal vez les explique en portuñol, un portuñol que cada día perfecciono con gestos practiquísimos, como llegar al puerto.
O tal vez camine por la orilla, tratando de encontrar a Teresa, una profesora a la que ya no le abren la valija, porque saben que lleva un traje de baño y el resto son libros de historia y arte. Libros que si nos divisamos en la estrechez de la costa, me presta.
Es con el único médico que mantengo una fiel regularidad, porque nunca me encuentra nada que no pueda curar un fin de semana en la playa. Porque las dos o tres veces al año que nos vemos, me recomienda cabañas o lugares a donde ir a comer en el país vecino.
Porque pedir un turno con él es viajar en el día a Punta del Este, no es un médico es un agente de viajes encubierto que de lunes a viernes trabaja de cardiólogo para pacientes que solo necesitan viajar.
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